La educación en el México del año 2000

Rafael Pérez Pascual*

El año de 1867 marcó un parteaguas en la historia de México, cuando Juárez entró triunfante a la Ciudad de México a restaurar la República. Naturalmente con él, los liberales mexicanos se vieron en la situación real de gobernar y de gobernar fuerte, la derrota de los conservadores había sido definitiva. Era el momento de poner en práctica mucho de lo que sólo habían sido ideales.

No es de extrañar que en esos primeros días el gobierno juarista dedicara todo su esfuerzo a consolidarse y a impulsar con energía sus prioridades. El hecho de que el 2 de diciembre de ese histórico año se aprobara la Ley Orgánica de la Instrucción Pública en el Distrito Federal, a menos de cinco meses de ese lluvioso pero radiantemente luminoso 15 de julio cuando Juárez pisara nuevamente el Palacio Nacional, nos indica claramente la importancia que se le dio a la educación.

Ahora bien, esa ley no es sólo importante como indicadora de las prioridades del liberalismo mexicano, lo es porque marca el transcurrir de la educación hasta nuestros días. Es una ley que se refiere, como su nombre lo indica, a la educación en el Distrito Federal, pero que debemos ver en su consecuencia nacional y recordar que, dentro del respeto a la Federación, da una pauta a seguir en toda la República. En resumen esta ley implanta una educación básica obligatoria para todos los niños y niñas, a cargo del gobierno y laica (reforma de 1869); funda la Escuela Nacional Preparatoria (enp) como un sistema de educación media, y consolida varias escuelas superiores de estudios profesionales, como la Escuela Nacional de Medicina, la de Ingenieros y la de Jurisprudencia. Así, por primera vez, el México independiente inicia la construcción de un sistema educativo.

En el nivel básico se instituye lo que hoy llamamos la escuela primaria, se establece la responsabilidad del Estado de impartir esa educación y la obligación de los ciudadanos de enviar a sus hijos a recibirla. Hoy esto nos suena natural, pero debemos recordar que en esa época no lo era. Para la mayoría, la escuela y el aprender a leer y escribir era una cuestión reservada a ciertos estratos de la sociedad; para las clases populares no tenía sentido ir a la escuela, no requerían de ella ni de aprender a leer y escribir, es más, en general ni siquiera lo demandaban. Por otro lado, la educación básica había estado centrada en instituciones religiosas y privadas, la nueva ley establecía que impartirla era una obligación y un privilegio del Estado y que éste debía hacerlo dentro de una concepción laica. Podemos decir que en esta ley la educación básica pasa a ser una empresa pública, a responder a un interés público, a ser educación pública.

En el siguiente nivel, esto es, el que hoy corresponde a la llamada educación media y media superior, se funda una institución que habría de representar un papel importante en la historia de la educación en México: la Escuela Nacional Preparatoria. Ésta tenía la tarea de continuar la educación de los adolescentes para prepararlos en la perspectiva de su ingreso a la educación profesional. Desde su inicio adoptó una tendencia educativa sustentada en el positivismo, teoría filosófica de Comte adoptada por Gabino Barreda, fundador de la enp y uno de los principales impulsores y redactores de la ley que estamos comentando. Desde luego, este nivel educativo quedaba reservado para un sector selecto y reducido de la sociedad; en ningún momento se pensó en ese entonces que la generalidad de los jóvenes pudieran tener acceso a una educación que fuera más allá de la escuela primaria. Además, y como analizaremos más adelante, se concibe a la educación media como una preparación para poder cursar estudios profesionales, de ahí el nombre de escuela preparatoria.

La educación superior, como decíamos, queda a cargo de un conjunto de escuelas profesionales a las que la ley da formalidad e inscripción en el contexto de la educación pública, pero en realidad, de una u otra forma, ya existían y se habían ido formando desde finales del siglo xviii. Estas escuelas de orientación profesional, que llamamos napoleónicas por su similitud con las grandes escuelas francesas fundadas en los tiempos de Napoleón, habían sido la respuesta a la necesidad surgida en la sociedad moderna de personas preparadas y calificadas para trabajar en diversas cuestiones de la producción y los servicios. La Universidad, heredera de la Real y Pontificia Universidad de México, quedó limitada por su concepción escolástica, religiosa y por su orientación hacia una educación para la contemplación, destinada a una élite que no requería, ni deseaba, trabajar por una remuneración; esto le impidió adaptarse a una sociedad con nuevas necesidades y después de un tortuoso proceso fue clausurada definitivamente por Maximiliano. La ley juarista ni siquiera hace referencia a una posible institución universitaria, se centra en esas escuelas profesionales, acotadas por su campo, autosuficientes e íntimamente ligadas a los gremios profesionales que estaban surgiendo y adquiriendo un carácter corporativo.

La educación quedó estructurada por esta ley durante mucho tiempo, y podemos decir que aún hoy prevalecen muchos de los conceptos que introdujo. Veamos algunas de sus consecuencias. La educación básica o primaria, único nivel obligatorio, se concibió como la preparación que debía tener toda persona para poder vivir en sociedad y buscar un medio digno de subsistencia; por esto quedó la primaria como la escuela para todos y no llegó a concebirse que la generalidad y ni siquiera la mayoría, requirieran ir más allá. En este nivel se enseñaba a leer y escribir, la aritmética y nociones de asuntos varios, en especial los relativos a la integración del niño a la sociedad y los formativos de la identidad nacional.

Esto, que hoy parece muy limitado, para la época era muy avanzado; simplemente pensar que todos los niños debieran ir a la escuela era un asunto impensable pocos años antes, cuando la idea prevaleciente era que sólo requerían de educación formal los hijos de las clases altas, dado que los de las clases bajas, dedicadas a labores consideradas menores, no requerían ni demandaban saber leer y escribir, no les era necesario ni útil y, muchos pensaban, que ni siquiera les era posible aprender. Naturalmente que esas ideas, tradiciones y otras dificultades enormes, se interpusieron entre la ley y su aplicación y la educación para todos no se hizo realidad, pero sí se incrementó el acceso de amplias capas a ella y poco a poco se fue creando una demanda social por educación, al menos en los medios urbanos de la época.

En lo que se refiere al nivel medio, el que queda entre la educación básica o primaria y la profesional o superior, se adoptó el concepto de la Escuela Nacional Preparatoria. Ello implicaba que ese nivel quedaba reservado para unos cuantos y además con un objetivo propedéutico: preparar al alumno para su ingreso a la escuela profesional superior. La educación media se orientó hacia la superior y, podemos decir, que se subordinó a ésta; por ello quedó limitada a quienes tenían la intención, la perspectiva y la posibilidad de continuar estudios profesionales, es decir, a una pequeñísima parte de la población. Es en torno a la educación media que se dieron importantes debates, en donde se centraron muchas de las acciones culturales y se concentró una parte importante de la intelectualidad, quizá por la ausencia de una universidad o en sustitución de ella. Su orientación positivista fue la que marcó el paso del debate, pero habría que señalar que, en gran medida, el origen de las controversias estaba en las diferencias entre los que afirmaban que era innecesaria, ya que la preparación para los estudios profesionales debía ser impartida por las propias escuelas profesionales, orientada ya en la especificidad correspondiente y en forma autosuficiente, y los que pensaban que se requería un proceso formativo más general para que los alumnos pudieran realizar sus estudios profesionales con mayor provecho. Es importante recalcar que la idea de la enp como forma estructural para el nivel medio de educación implicaba que, para quienes no pretendieran ser profesionistas, no era necesaria más educación que la primaria y, en algunos casos, la adquisición de un oficio.

La educación superior se impartió en las escuelas profesionales, las que adquirieron en la ley la categoría de escuelas nacionales. Éstas se centraban en algunas profesiones, como la medicina, la jurisprudencia o la ingeniería, y estaban íntimamente ligadas al desarrollo de los gremios correspondientes. En ellas la educación se dirigía totalmente hacia la formación del profesionista, y los planes de estudio eran a la vez una definición ideal de la profesión y un reflejo del quehacer real del profesionista. En general, estas escuelas eran autosuficientes en su acción académica, esto es, los profesores de la escuela, casi todos profesionistas en ejercicio que dedicaban parte de su tiempo a la enseñanza, impartían todas las asignaturas y no se requerían especialistas ajenos al gremio, por ejemplo, para enseñar matemáticas en la escuela de ingeniería o filosofía en la de jurisprudencia. Estas escuelas, que ya venían integrándose desde finales de la Colonia, se consolidan y se hacen paradigma de la educación superior, al tiempo que la sociedad va reconociendo a los profesionistas y a sus gremios como parte de sus estratos superiores.

Durante el porfiriato se dio una consolidación de este esquema de educación. La escuela primaria si bien continuó concibiéndose en la ley como una educación para todos, en la realidad no se cumplió. La mayoría de los niños no iba a la escuela y la mayor parte de la población permanecía iletrada. Por otro lado, la idea misma de una educación básica obligatoria, impartida por el gobierno y laica, se consolidó e incluso fueron creciendo los sectores de la sociedad que la demandaban y que cifraban sus posibilidades de movilidad en ella. A su vez se inició la constitución de un magisterio dedicado a la tarea educativa, al margen de las congregaciones religiosas, que fue adquiriendo importancia social y política.

En cuanto a la educación media, continuó la enp como institución definidora, esto es, siguió siendo propedéutica y restringida a un sector pequeño. Por otro lado, la enp se consolidó enormemente y se convirtió en referencia para la vida cultural del país y de la crítica social que los centros de educación representaban. Naturalmente, se vio acompañada por otras escuelas de la misma tendencia fundadas en ciudades del interior, que en general siguieron las mismas pautas.

Respecto a la educación superior hay dos cuestiones: por un lado, una gran consolidación de las escuelas profesionales y, por otro, el desarrollo de una demanda por un sistema de educación superior que no se limitara a las profesiones y que pudiera cobijar el cultivo de las ciencias, las humanidades y otras áreas de la cultura, la investigación y el conocimiento, actividades que no se ubicaban dentro de las profesiones y su ejercicio en la sociedad. La consolidación de las escuelas fue de gran envergadura y alcanzaron altos niveles académicos, de prestigio social y de atención a las necesidades de la producción y los servicios. Sin embargo, había la creciente necesidad de atender otros aspectos, lo que dio origen a dos planteamientos, por un lado, la idea de crear una institución de educación superior más, que se centrara en las cuestiones académicas ya señaladas y, por otro, la idea de fundar o refundar la universidad, ahora ya no como reducto de las posiciones medievales sino como una institución moderna. Unos meses antes del estallido revolucionario de Madero, se adoptaron las dos y se constituyó la Universidad Nacional como una reunión de las escuelas profesionales ya existentes, de una recientemente creada, la de Altos Estudios, dedicada a las cuestiones no profesionales, y la propia enp. Hay que señalar que con esto se consolidó una forma de educación superior y un concepto de universidad que aún hoy continúa: escuelas profesionales ligadas a los gremios y en gran medida autosuficientes, reunidas en universidades y un sistema de educación media propedéutica integrado a la universidad.

En el México revolucionario la política educativa tuvo un papel central. En general se buscó ampliar los beneficios de la educación a todos, no sólo en el sentido del individuo que recibe educación, sino también orientarla para que redundase en un beneficio social general.

Para la educación básica o primaria se postuló, como una de las grandes metas de la Revolución, hacer válido el principio juarista de educación para todos, impartida por el Estado y laica. El esfuerzo realizado fue enorme y no sólo en términos cuantitativos, sino también en lo cualitativo. La educación primaria pasó a ser uno de los emblemas del progreso social y con ella surgió un magisterio entregado a su misión educativa, profundamente preocupado e interesado en la educación popular, que se constituyó en uno de los pilares de la construcción del México moderno y de la lucha social por la justicia y la igualdad. Así se institucionalizó plenamente la escuela primaria pública y la educación pasó a ser el medio privilegiado, y en muchas ocasiones único, para el avance social del individuo y para la movilidad social en general, convirtiéndose en una de las más fuertes y constantes demandas populares.

Respecto a la educación media surgió, desde los primeros días de la Revolución, la idea de que se requería alguna forma de educación media o posterior a la primaria que no estuviera orientada a la preparación para los estudios profesionales, sino más bien como una continuación de la preparación general de la primaria y una introducción al aprendizaje de algún oficio. Así se fundó en 1925 la escuela secundaria con esos objetivos, aunque no se pensó en hacerla obligatoria; estaba pensada para las clases medias en ascenso. Aun antes de fundado el sistema de enseñanza media basado en la secundaria se entró en fuertes controversias con la enp y lo que ella representaba, al grado de que en varias ocasiones se intentó separarla de la Universidad para reorientarla en el sentido dado a la secundaria, pero prevaleció la educación media estrictamente propedéutica y ligada a la profesional y aún en la actualidad es una opción importantísima. Así, los regímenes revolucionarios pusieron énfasis en una educación popular con claras tendencias hacia el igualitarismo y en la búsqueda de un efecto social e ideológico por ese medio.

En cuanto a la educación superior, el concepto de escuela profesional ligada a los gremios continuó, aunque hubo grandes polémicas sobre la orientación de este nivel educativo y sobre la misión de la educación superior pública entre las concepciones centradas en el profesionista como individuo y en su ejercicio profesional liberal y las tendencias a ver en la educación superior una acción consciente y orgánica para la transformación de la sociedad y la atención a requerimientos específicos de la producción y los servicios.

Esta controversia se dio en torno a las posiciones de los gobiernos revolucionarios ante la Universidad y la forma como ésta reaccionó frente a las tendencias educativas de la Revolución. La discusión llevó a la fundación del Instituto Politécnico Nacional. Es interesante hacer ver que, a pesar de las grandes diferencias con la Universidad, el ipn se instituye como una reunión de escuelas profesionales con una orientación diferente; así, en el ipn a la escuela de medicina se le denomina Escuela Superior de Medicina Rural, lo que indica una orientación muy distinta a la del ejercicio liberal de la profesión y a la de la medicina hospitalaria que prevalecía en la Universidad. También es importante señalar que al fundarse el ipn no se pensó en partir de la enseñanza media general, esto es en la secundaria, y se creó un sistema de enseñanza media propedéutica para él: las escuelas vocacionales, reproduciendo un esquema que parecía contradecir las tendencias igualitarias impulsadas por la Revolución misma.

La cúspide de la política educativa de los regímenes revolucionarios fue la aprobación de una serie de reformas legislativas a las que se llamó educación socialista y que, desde ese momento fueron objeto de debates enconados. Esta educación socialista, al mismo tiempo que marca la culminación de esas tendencias de la Revolución, también muestra, en lo educativo, el fin del periodo revolucionario. A partir de mediados de los años cuarenta termina la construcción del Estado emanado de la Revolución y se entra a una etapa de estabilidad y de una progresiva tendencia hacia el conservadurismo en el gobierno.

En los últimos cincuenta años hemos presenciado la consolidación del sistema educativo, pero también un paulatino abandono de la educación como eje del desarrollo nacional y una doble tendencia hacia la burocratización de la escuela y la estratificación social en ella.

En la educación básica el reto de llegar a dar educación a todos los niños y niñas establecido por Juárez, se tradujo en una política de alcances más cuantitativos que educativos. Se abandonó la educación como motor del cambio social y se llegó a un cumplimiento burocrático de la tarea de impartir educación primaria para todos. Esto produjo dos fenómenos: la burocratización del magisterio mismo y una fuerte pérdida de calidad en la escuela pública. Los profesores y su organización gremial pasaron de ser uno de los más importantes constructores de la nueva sociedad, a ser una más de las corporaciones mediatizadas incorporadas al sostenimiento del gobierno. En cuanto a la escuela, dejó de ser centro de referencia social y político, y la falta de interés y de apoyo la llevaron a perder la calidad educativa y la mística social que había alcanzado en los años treinta y cuarenta. Hay que reconocer que en lo cuantitavo se han alcanzado, en la primaria, las metas de dar educación a todos (casi 130 años después de que la ley juarista lo estableciera como obligación nacional), pero también se ha producido una estratificación en ella. El ascenso de la educación privada, ahora ya lejanos los días de las controversias religiosas, ha sido grande y hoy es notorio que los hijos de las clases medias evitan la educación pública; en realidad, se ha producido un fenómeno de clase: la educación pública es cada día más un sinónimo de educación para pobres y quien tiene la posibilidad económica prefiere la educación privada; esto es, la educación pública se ha hecho clasista, lo que significa una enorme distorsión del concepto mismo de educación pública y, en adición, su baja calidad y burocratización la hacen poco eficaz para atender las acuciantes necesidades educativas de las clases populares.

En la educación media tenemos la reciente incorporación de la secundaria a la educación básica obligatoria. Esto tiene una gran importancia, sobre todo en lo conceptual, al reconocerse que en la actualidad una educación de sólo seis años no es, ni con mucho, suficiente para incorporar al educando a la sociedad moderna. Por otro lado, la escuela secundaria pública está sufriendo un fenómeno similar al de la primaria: se burocratiza, pierde calidad y se hace una educación clasista al incorporarse escuelas secundarias privadas. En cuanto a la otra forma o parte de la educación media, la que hoy llamamos educación media superior y que comprende, en términos generales, tres años posteriores a la secundaria, la controversia entre la educación dirigida a una generalidad y la tendencia propedéutica orientada únicamente a quienes esperan ingresar a la educación superior, continúa dándose y es el elemento definitorio de los diversos proyectos existentes en este nivel, el cual sin una definición precisa y muchas veces considerado fuera de las responsabilidades educativas principales del Estado, presenta una situación caótica en la que prevalece la falta de un proyecto aglutinador que le dé un sentido claro y la ponga al servicio de los intereses sociales profundos.

Respecto a la educación superior, en los últimos cincuenta años se ha dado una consolidación, un crecimiento y una apertura del nivel hacia sectores medios y bajos de la sociedad que antes no tenían acceso a él y ni siquiera aspiraban a tenerlo. Sin embargo aún tenemos, como país, un porcentaje bajísimo de atención educativa en este nivel, 16%, cuando para estar dentro de los niveles internacionales deberíamos tener 40%. Por otro lado, se ha mantenido, en la generalidad de las instituciones universitarias, la estructura y la concepción educativas centradas en las escuelas profesionales, lo que ha dado lugar a un concepto restringido de lo profesional sobre este nivel educativo en la sociedad. Una institución, la unam, ha concentrado buena parte del esfuerzo nacional realizado tanto en la construcción de instalaciones como en la formación de la planta académica; por otro lado, ha pasado de tener la mitad de la matrícula nacional en el nivel de licenciatura, a cubrir sólo 10%; además, pasó de ser una institución concentradora, en cuanto a estudiantes se refiere, a ser una institución que atiende a la población del área metropolitana de la Ciudad de México.

Esto ha producido en el sistema de educación superior grandes diferencias en cuanto a la calidad educativa entre las diversas instituciones; una bajísima movilidad en el sistema, tanto de profesores como de estudiantes; una baja eficiencia terminal; una enorme distorsión de la matrícula entre las diversas carreras y opciones, al grado que siete de las carreras, de entre el centenar que se ofrecen, comprenden la mitad de la matrícula, mientras que la oferta de trabajo en esos campos es escasa y la sociedad requiere para su desarrollo de personas educadas en otras áreas. El sistema tiene, además de los problemas académicos, otros de origen político que provocan conflictos institucionales sumamente perjudiciales para el desarrollo educativo de los alumnos y de la sociedad en general, baste mencionar como ejemplo el reciente conflicto vivido en la unam.

Por lo que se refiere al nivel de posgrado, el sistema es aún muy pequeño y se concentra en una cuantas instituciones y campos; es curioso que en este nivel la concentración, contrario a lo que ocurre en la licenciatura, se da en áreas académicas y no en las clásicamente profesionales. Esto último está relacionado con el hecho de que la investigación, tarea asociada necesariamente con la educación superior, presenta un fenómeno de concentración y centralización enorme y por otro lado, a que esta actividad prioritaria para la sociedad moderna está aislada en el sistema educativo y no se encuentra complementada por una actividad fuerte de innovación, de inversión a largo plazo o de desarrollo propio de las fuerzas productivas, lo que distorsiona y limita el desarrollo de la investigación y la repercusión social de las universidades.

Dada la naturaleza de este artículo y su necesaria brevedad, no hemos hecho otra cosa más que un resumen sobre la situación de la educación en México. En realidad, cada uno de los temas que aquí sólo mencionamos requiere de un estudio completo y a muchos otros ni siquiera nos hemos referido.

Apuntamos lo que creemos más relevante o indicativo para justificar la tesis de que México requiere una profunda revisión de su política educativa, indispensable ante los enormes retos que se presentan para el país en la actualidad; una reforma educativa que permita formar a los ciudadanos de las próximas generaciones para un futuro en el que esperamos que México participe como igual en un mundo globalizado, en el que deseamos que desaparezcan las enormes diferencias sociales y la destrucción de nuestro patrimonio cultural y natural, en el que logremos sustentar la sociedad en una democracia profunda y en el que, en resumen, terminemos con todas las formas de pobreza que durante siglos han limitado el desarrollo del país y de cada uno de los mexicanos.

En este mismo sentido no pretendo ahora más que esbozar lo que, a mi juicio, debe ser esa reforma educativa, esperando que en el debate que con seguridad se dará en los próximos meses, pueda ampliarse lo aquí expresado y sobre todo que se pueda conjuntar, confrontar e integrar con lo que, estoy seguro, otros muchos dirán.

En primer término considero que es indispensable que la sociedad y por lo tanto el gobierno, retomen la política de colocar a la educación como la gran prioridad y la gran tarea nacional, como lo fue en los años treinta y cuarenta; que sea la educación la que marque el ritmo y el tono del avance nacional; que sea en educación donde se hagan las más esperanzadas inversiones del país; que el debate educativo sea un debate por la nación y que la escuela sea la vanguardia de la sociedad y el símbolo de un México que ve al futuro.

Para esto debemos entender que en la sociedad contemporánea el individuo y la colectividad nunca dejan de tener la necesidad de aprender. El conocimiento, en su vertiginoso avance, se hace motor privilegiado de la vida social, productiva y política de los pueblos y en esa sociedad del conocimiento, la formación del ciudadano es la formación del que sabe aprender y usar las herramientas del aprendizaje, del que ha adquirido las habilidades básicas del lenguaje en todas sus expresiones, del que es capaz de razonar frente a todas los acontecimientos de su entorno y de la sociedad, del que conoce la experiencia histórica de su país y del mundo, del que ha adquirido la capacidad de desarrollarse en su vocación y en su trabajo. Siendo así, la educación obligatoria, a cargo del Estado y laica, debe extenderse a lo largo de todo el periodo formativo del ciudadano, esto es, desde la infancia hasta los 18 años, edad en que se incorpora formalmente a la ciudadanía.

Aquí debe comenzar la reforma, estableciendo en la Constitución la garantía y la obligación de una educación de 14 años para todos los mexicanos: dos años de enseñanza preescolar, seis de primaria y seis de enseñanza media.

En la primera etapa se reforzaría en la escuela la adquisición del lenguaje y de las habilidades básicas motoras, de raciocinio, de comunicación y de socialización del infante. Esto, que en principio se deja al seno familiar, requiere ser reforzado en la escuela, en especial bajo las circunstancias de México en las que, como es fácil darse cuenta, muchas familias viven en condiciones de pobreza material o cultural que no favorecen, y hasta impiden, la adquisición de esas cuestiones básicas para el desarrollo del niño, convirtiéndose en una de las más importantes causas de marginalidad, desigualdad y atraso. En esto el esfuerzo debe ser enorme, es necesario, en primer lugar, formar con gran celeridad, pero sin descuidar ningún aspecto de la calidad, un cuerpo docente suficiente y capaz para atender a todos los niños, asimismo, se debe construir la infraestructura adecuada. Éste debe ser un programa nacional que cuente con todos los recursos necesarios.

En la primaria se requiere enmendar y reformar. Se debe recuperar el prestigio de la escuela pública y la única forma de hacerlo es aumentando la calidad educativa. En cuanto a los programas, se deben reforzar su aspectos formativos, en especial los que se refieren a las cuestiones básicas, el lenguaje, las habilidades motoras, la capacidad de raciocinio cuantitativo y cualitativo y la formación para la libertad con un sentido ético en el contexto de la incorporación del niño a la sociedad. Señalaríamos aquí un único punto sobre la tendencia educativa por considerarlo de vital importancia: la rigidez, las formas pasivas de inscripción del niño en el proceso educativo y los métodos memorísticos e inhibitorios de la creatividad, deben ser total y absolutamente eliminados de las escuelas de México. Se debe instituir un programa nacional de apoyo al desarrollo del profesor de enseñanza básica, en el cual es necesario instrumentar un sistema de capacitación continua y, durante los primeros años, de una intensa campaña de actualización y reforzamiento que permita al magisterio avanzar a niveles más altos de preparación para su importante labor. Se debe hacer una revisión profunda de la remuneración salarial del profesor, otorgándole un salario que le permita dedicar todo su esfuerzo a sus alumnos y a su continua preparación como profesor y como integrante de la intelectualidad del país; esto es indispensable para mejorar la calidad de la escuela y para procurar la recuperación del prestigio social del magisterio. En este sentido, también es indispensable inscribir en esta reforma medidas que contribuyan a desburocratizar al profesor y a descorporativizar sus organizaciones sociales y sus relaciones con el Estado.

La infraestructura debe mejorarse; las escuelas no tienen los edificios, ni el mobiliario, ni los recursos didácticos que requieren. Se debe hacer una inversión extraordinaria en este aspecto durante los próximos años, en ello radica buena parte de la diferencia entre la escuela privada y la pública; en un país en el que la educación es una verdadera prioridad de la sociedad, el edificio de la escuela tiene la misma calidad y envergadura arquitectónica que aquellos que albergan a otras prioridades públicas. No será la escuela símbolo de progreso si su edificio queda como símbolo de la pobreza. También se debe formular y llevar a la práctica un programa de desayunos y almuerzos escolares que garantice una alimentación adecuada del niño y que forme parte de su educación, considerando no sólo que muchos no la tienen en el hogar, sino que la formación de hábitos y conductas alimentarios son parte de su incorporación a la sociedad.

Pasemos al nivel medio. En su primera etapa, lo que hoy es la secundaria, por la similitud de sus problemas con los de la primaria, sólo repetimos lo ya dicho para esa etapa que la precede, sin olvidar los matices y adecuaciones que el caso requiere. En su segunda etapa, lo que hoy en general llamamos enseñanza media superior, los cambios que propongo son considerables, comenzando, desde luego, por hacerla obligatoria, a cargo del gobierno y laica. En este sentido, debe abandonarse la tendencia simplemente propedéutica o preparatoria hacia la educación profesional que ha prevalecido durante años en el país. Deben también dejarse atrás las tendencias que le imprimen, por contraste, una cualidad de escuela de oficios menores y por lo tanto de "segunda" frente al bachillerato. La nueva escuela media superior obligatoria debe inscribirse en el proyecto general de formación del ciudadano y ser bivalente, esto es, debe concluir la formación general iniciada en las etapas anteriores, tanto en lo que se refiere a la adquisición de conocimientos y de habilidades, como en lo relativo a la preparación para continuar estudios superiores o para que el futuro ciudadano se incorpore al mercado de trabajo. Aquí la reestructuración debe ser completa, las muchas y dispersas escuelas que existen deben integrarse en un sistema a cargo del gobierno, en el mismo sentido que en los otros niveles; en particular, para hacer esto posible, deberán separarse de las universidades las escuelas de bachillerato e integrarse a la nueva etapa de enseñanza obligatoria. Decíamos que esta etapa debe ser bivalente, por ello, su característica principal debe ser la flexibilidad, ya que eso permite al alumno ir expresando sus propios intereses y vocaciones, esto enmarcado naturalmente dentro de un programa general que dé a todos tanto la posibilidad y la preparación para continuar estudios superiores, como para ingresar al mercado de trabajo. La decisión de continuar estudios superiores dependerá del interés, de las circunstancias y de las capacidades personales de cada quien, recordando que en un sistema educativo como el que propongo, esta importante coyuntura se presentaría cuando el joven ya se ha hecho ciudadano. Por supuesto, una reforma así requerirá de un gran esfuerzo en muchísimos aspectos educativos, políticos y económicos, pero sin ella México no contará con un sistema educativo moderno.

En el terreno de la educación superior me limitaré a indicar dos propuestas, dada la amplitud del campo y por la circunstancia de la próxima publicación por el autor de un capítulo dedicado a este tema en un libro coordinado por José Blanco, al que remito al lector interesado en este aspecto de la reforma educativa.

La cobertura de la educación superior debe ampliarse y alcanzar para el año 2025 un mínimo de 40% de los jóvenes en edad universitaria, esto implica programas de formación de profesores, creación de nuevas y novedosas instituciones, inversión en infraestructura, desarrollo de los estudios de posgrado, incremento de los montos destinados a la operación de las instituciones de educación superior y programas de becas para los estudiantes. La educación superior debe dejar de concebirse como una educación para las profesiones, éstas deben, a su vez, ampliar sus campos, ser más flexibles y dejar de inscribirse corporativamente en la sociedad. Las universidades y otras instituciones de educación superior deben, en concordancia, tener programas y estructuras académicas sustentadas en visiones amplias y flexibles de los campos de estudios, de tal manera que se evite encerrar al alumno en carreras estrechas y predeterminadas, así como reproducir esquemas corporativos en las formas de gobierno de la instituciones.

Comenzamos este escrito recordando que una de las prioridades de Benito Juárez al restaurar la República fue la organización de un sistema de educación pública. Para los liberales mexicanos, que habían luchado durante años contra los conservadores y resistido el dominio extranjero de Maximiliano, haber derrotado al imperio y reconstruir la República significaba construir una patria e inscribirla con pleno derecho en el mundo de las naciones libres; ellos comprendieron la importancia de la educación pública, pues sin ella no hay República. Para hacer valer los ideales republicanos es indispensable que los niños y los adolescentes reciban una educación que les permita llegar a ser ciudadanos plenos, que les permita participar consciente e inteligentemente en los asuntos públicos, que les permita tener un trabajo que sirva a su sustento y que sea una contribución a la sociedad y que, finalmente, les permita, si es el caso, llegar a ser dirigentes de la nación. La educación pública, como formadora general, laica e indiscriminada de los futuros ciudadanos, es inseparable de la República y debe ser prioridad social y de gobierno. Las propuestas que aquí hago son, a fin de cuentas, las que nos llevarían a tener una educación para una República moderna y por tanto nos conducen a la construcción de la educación pública para el México del siglo xxi