A modo de introducción

La nación mexicana llega al final del siglo XX abrumada por profundos cambios cuyos frutos no se han concretado. Preocupa, en especial, que frente a la energía de una sociedad en abierta transformación, más democrática y participativa, surjan síntomas de descomposición generados por la desigualdad social, la corrupción, la distorsión del quehacer político y, sobre todo, por la creciente falta de expectativas y oportunidades para un desarrollo social igualitario.

Los problemas que encara México no admiten respuestas ni soluciones fáciles. Se trata de temas y asuntos que han abrumado la agenda nacional y que exigen grandes definiciones enmarcadas en amplios consensos.

Lograr una cohesión social renovada tiene que ver con la capacidad y fortaleza de que sean capaces las diversas fuerzas y actores políticos, la sociedad toda y el gobierno, para reconstruir los pactos sociales básicos. En este sentido, el desarrollo, como aspiración que a lo largo de nuestra historia ha articulado diversas voluntades, sigue siendo asunto central de la agenda del México de fin de siglo.

En medio de las mudanzas que el país ha estado viviendo, si algo sigue caracterizando a México es la amplia y profunda desigualdad social, la brutal pobreza. Ni como gobierno ni como sociedad hemos podido revertir la desigualdad, así como tampoco reducir de manera importante los rezagos sociales.

Los textos reunidos en La pobreza no es noticia (Biblioteca del ISSSTE, México 2000), dan cuenta de los cambios pero también de los déficit en materia de desarrollo. En particular, se hace énfasis en la necesidad de abordar la cuestión social como un asunto histórico central, que trascienda el perjuicio y los intereses inmediatos de la política electoral.

Desplegar esfuerzos contra la desigualdad y la pobreza, es una tarea que vale la pena realizar no sólo por razones políticas y económicas, sino éticas. Sólo así podremos apurar a dejar atrás la cultura de la concentración y la desigualdad, que tanto ha mellado la conciencia social y el compromiso de los mexicanos con la solidaridad.

Espero que la lectura de este material nos lleve necesariamente a la conclusión de la urgente necesidad de asumir sacrificios y hacer compromisos explícitos, como la única vía posible para superar raciocinios miopes que ven en la pobreza un mal necesario que acompaña al quehacer humano sin más remedio que los paliativos, suponiendo que el tiempo y el mercado se encargarán de hacer un trabajo nivelador.

Este trabajo no hubiera sido posible sin la colaboración de Ana Galván Chávez quien me ayudó en la paciente tarea de selección y revisión de los textos aquí reunidos.

Rolando Cordera Campos