El milenio: listas de deseos1
¿Qué sociedad para qué
nación?
- Como nunca antes en la historia moderna, la existencia
social determinará el perfil futuro de las naciones,
hasta llegar a definir su existencia. Globalizada cada
vez más la economía y despojados los Estados de sus
recursos tradicionales para intervenir y actuar sobre la
vida material, la vida social organizada en torno a las
visiones y convicciones nacionales se vuelve decisiva.
Una sociedad cohesionada por una capacidad estatal y unos
compromisos nacionales para cooperar y compartir los
bienes y las promesas del progreso económico es el punto
de partida de cualquier proyecto que aspire a ser
reconocido como nacional. Sin este cooperar y compartir
como práctica social colectiva permanente, no hay
nación futura y los horizontes posibles desembocan todos
en el desierto comunitario y la soledad estatal.
- México debe y puede superar pronto la pobreza
extrema de masas que hoy lo caracteriza. Crecer más y
mejor, así como distribuir los frutos de ese crecimiento
de una manera que pueda ser reconocida como justa para
todos, o la mayoría, es una condición para darle a esa
meta un aliento mayor, de renovación cívica y
ampliación sólida de aquella cohesión social profunda
que debe alcanzarse.
- No habrá progreso nacional ni cohesión
creíble de la sociedad sin una recreación continua de
expectativas y ambiciones legítimas de los individuos y
los grupos que forman el mosaico mexicano. No hay ya, por
que tal vez nunca lo hubo, un solo propósito unificador
sino una plataforma de entendimientos y compromisos que
puedan ofrecerle a las generaciones vivas y por venir un
horizonte de bienestar y seguridad básico, a partir del
cual cada uno pueda construir y modificar su propio
futuro. La cohesión social y nacional descansará cada
vez más en las capacidades de la sociedad para educarse
de manera permanente y coherente, pero también de lo que
ocurra y se ocurra en las regiones. Unidad y diversidad
encuentran en la educación su mayor desafío, pero
también su gran oportunidad.
- La democracia que articule estas y otras
ambiciones no puede quedarse en, ni resignarse a su
versión mínima de método y proceso para disputar,
transmitir y conformar el poder del Estado. Tiene que
extenderse, conforme a sus propias reglas y criterios,
sin duda, a otras esferas de la vida económica y social,
mediante instituciones adecuadas, que en el mundo de hoy
y de mañana tienen que ser versátiles y dispuestas para
el cambio. Más que leyes duras, la pobreza y la
desigualdad extensas a la vez que profundas que hoy nos
avergüenzan reclaman acuerdos claros y durables, así
como de políticas y agencias públicas capaces de
experimentar y concitar el máximo de apoyo privado que
sea posible. La política social debe ser de Estado, pero
precisamente por eso debe ser cada vez más pública que
gubernamental.
- No hay proyecto nacional ni cohesión social
con capacidad de durar y reproducirse, con Estados pobres
y carcomidos por la deuda y las demandas incumplibles.
Como se propuso en otra ocasión, en México no podrá
haber una seria aproximación a la justicia social sin
una reforma fiscal que le dé piso firme a la acción de
un Estado renovado, pero que no puede renunciar a sus
compromisos primordiales de fomento económico con
protección social amplia y digna. Dos de nuestras
grandes carencias de hoy.
Los partidos se las han arreglado para mantener a la cuestión
social de este fin de siglo, si no al margen sí en los márgenes
de la política pública y la distribución de los magros
recursos financieros en manos del Estado. En el anterior fin de
siglo, esto llevó a la revuelta que se volvió guerra civil y
revolución y luego se trocó en casi veinte años de desorden
político y malestar social. El "siglo corto" mexicano
que siguió a aquellos años no fue suficiente para alejar del
horizonte de México esos panoramas de injusticia y desesperanza
que llevaron a muchos al riesgo mayor de la bola. Sin extrapolar
situaciones, podemos acercarnos de nuevo a circunstancias tan
graves como aquellas. En el ojo de este huracán, por fortuna
todavía conjetural, está de nuevo una cuestión social no sólo
no resuelta sino en vías de agravarse. En su hora indudable, la
política democrática no puede alejarse más de la injusticia
que aqueja sin clemencia la vida diaria de las masas.
1 Publicado en La Jornada,
diciembre 5 de 1999.