La pobreza no es noticia1
"La desigualdad no es noticia y la pobreza menos, porque es crónica". Así quiso ponerme en suerte un buen amigo cuando comentaba con él mi estreno como escritor de una publicación hebdomadaria. Ambas, concluiría yo, desanimado, son parte de la costumbre profunda de los mexicanos y como todas las costumbres no valen mayor cosa cuando de vender se trata.
Y, sin embargo, como lo han planteado una y otra vez los grandes estudiosos de la evolución social contemporánea, no sobra nunca, más bien falta, que la opinión pública y los políticos, así como los que nos empeñamos en acompañarlos desde el "departamento de puntos de vista", se acerquen una y otra vez a la pobreza y la documenten, y hagan de ella un tema vital y crucial de la existencia cotidiana. Sin ello, sin una contracostumbre en las clases satisfechas o acomodadas, la pobreza extensa y la desigualdad encanijada pueden apoderarse sin previo aviso del imaginario cotidiano de todos, pobres y no pobres, hasta hacernos perder cualquier sensibilidad y toda capacidad de previsión para adelantarnos a las catástrofes que emanan de una situación como la que México vive ya en materia de equidad y penuria de las masas.
Las cifras son elocuentes y hasta escalofriantes. Si México lograse mantener un crecimiento por persona de 2% al año, sólo le tomaría 60 años para eliminar la pobreza extrema. Si el país se las arreglara para crecer 3% por persona, cosa que hace mucho no logra ni sueña, le tomaría 40 años dejar atrás el panorama de pobreza y empobrecimiento que hoy lo caracteriza.
Según la investigadora Nora Lustig, de quien he tomado los anteriores cálculos, reducir a la mitad la incidencia de la pobreza extrema para dentro de 16 años, México tendría que alcanzar una crecimiento del producto por persona de 2.5%. Las estimaciones de esta economista del Banco Interamericano de Desarrollo, fueron presentadas hace unas semanas en un foro destinado a estimular unos diálogos nacionales contra la pobreza, tanto en México como en el esto del continente. Lo que se busca, según ella y el BID, es desplegar una toma de conciencia cívica que asuma la imposibilidad de superar esta vergüenza continental por la vía exclusiva de un crecimiento económico que de por sí se ha hecho y se ve en extremo esquivo, y ponga manos a la obra en un esfuerzo de cooperación social que produzca recursos e iniciativas de todo género, públicas, privadas, sociales, y ponga a la cuestión social por primera vez en el centro de la atención y la preocupación de las sociedades y los Estados latinoamericanos.
La montaña de esfuerzos cooperativos que tiene México enfrente, es poca si la comparamos con lo que ocurre en otras naciones de la región. En Chile, por ejemplo, tomaría 37 años abatir la pobreza extrema, creciendo 3% por ciento por persona y en El Salvador 98 años. En Brasil 81 años y en México 40. Y esto, desde unos coeficientes de extrema pobreza que muchos expertos consideran también en extremo moderados.
No se requiere, sin embargo, incurrir en el tremendismo profesional de las cifras, para tomar nota de que nuestro futuro será un porvenir de extremos, social y mentalmente, y tal vez también en la política, donde hoy se celebra y festina la llegada final de la democracia.
América Latina no ha podido romper la losa de lo que Galbraith ha llamado, al pensar en su país, la cultura de la satisfacción que da lugar a una política de los satisfechos. La fácil aceptación que hoy priva entre nosotros de las repetitivas medidas de ajuste y, sobre todo, de la inicua situación fiscal imperante, es una muestra clara de que los satisfechos vernáculos, que no van más allá de 10% de la población, sin democracia, como ocurría en el pasado inmediato, y ahora con democracia y mayoría en los diputado siguen marcando la pauta de la política económica e imponen, lo quieran o no, que la política social y las medidas redistributivas que son parte de todo Estado moderno, se mantengan subordinadas y hasta marginadas, so pretexto de las restricciones que provienen de una globalización un tanto fantasmal pero harto eficaz cuando se trata de usarla como petate del muerto.
La pobreza es crónica y la desigualdad no es noticia. Pero se mantienen hoy, como ayer, como el mentís más fuerte de las afirmaciones absolutas y hasta triunfalistas sobre nuestra destreza para, de nuevo, ser una excepción latinoamericana. Debían ser, también, motivo para la reflexión política profunda, para hoy y mañana, así como para por lo menos matizar aquello de que la nuestra, es decir la del gobierno, es una política económica responsable.
La pobreza no es noticia. ¿Habrá que cerrar los diarios y los otros medios?
1 Publicado en Proceso, núm. 1168, 21 de marzo de 1999.