La sociedad rural mexicana actual: carencias y rezagos

En los albores del siglo XX, la población mexicana vivía de la tierra; su reparto redistribuyó riqueza y poder y abrió paso a una nueva forma de vida en el campo y por tanto a una nueva sociedad rural.

Si bien el crecimiento industrial aceleró la urbanización, no abatió la impronta rural del país. Para finales del siglo XX, 25 millones de mexicanos vive en localidades rurales, casi una cuarta parte de la población del país, con una población económicamente activa de seis millones -en el sector primario-, de los cuales alrededor de 5 millones se dedican a la producción agropecuaria. Cabe hacer notar aquí, que la población vinculada a la producción agropecuaria, que representa una cuarta parte de la población del país, aporta sólo 6% del PIB, porcentaje que confirma que la característica central del campo mexicano sigue siendo la pobreza.

Hubo una transición que no se terminó de dar en el campo mexicano: si bien desde los años treinta hubo la intención de apoyar la introducción de tecnología y el uso de fertlizantes y semillas mejoradas para incrementar la productividad de las actividades agrícolas, no se logró desarrollar una agricultura intensiva, a grado tal que todavía hoy prevalecen los métodos ancestrales de cultivo en vastas regiones del territorio nacional, lo que necesariamente se refleja en bajos rendimientos por héctarea, agotamiento de suelos y, lo que es peor, bajos ingresos para la mayor parte de los productores. El desarrollo mexicano ha hecho posible la coexistencia de la moderna agricultura comercial con la de autoconsumo, que con trabajos alcanza para la subsistencia de las familias. El rezago tecnológico del campo es resultado de un abandono paulatino pero sostenido -desde los años cuarenta- de las políticas de fomento del gobierno mexicano, pero también de la falta de incentivos para la inversión privada, la ineficiencia y la corrupción que devinieron en clientelismos de las agencias gubernamentales encargadas de canalizar créditos y apoyos al sector. Todo esto con un régimen de propiedad que no estimulaba la cooperación de los productores, los llevaba a arrendar sus tierras subrepticiamente o a malbaratarlas y dedicarse a otra actividad.

No obstante la indudable importancia del reparto agrario, la impronta del campo mexicano sigue definiéndose por su crisis estructural que se traduce en un profundo y prolongado deterioro productivo. Cuando en 1992 se reformó el artículo 27 constitucional, su propósito era enfatizar la certeza jurídica frente a la inseguridad en la posesión de la propiedad ya que el ejido y la comunidad son concebidos como formas permanentes de la propiedad que deben fortalecerse por la voluntad de sus titulares. Tanto los derechos de posesión como de organización y asociación, fueron incluidos en esta reforma con la finalidad de abrir el campo a las condiciones de desarrollo y productividad que exigían el nuevo entorno político y social de apertura y competencia; sin embargo la sociedad rural sigue manteniendo características que denotan sus carencias y rezagos.

 

  1. Concentración de la pobreza extrema. Hay 2.5 millones de hogares en pobreza extrema que representan poco más de la mitad de los 5 millones de hogares rurales; 14 millones son pobres (56%) y apenas 11 millones superan la pobreza extrema.9 En contraste, en el medio urbano menos de 15% son pobres.
  1. Dispersión geográfica. Hay 175 mil localidades menores de 2,500 habitantes, casi cinco veces más que las 40 mil localidades registradas en 1970, dispersión que se asocia con la pobreza y también con la dimensión indígena.
  1. Propiedad minifundista. El minifundio es la unidad de producción más difundida; tres cuartas partes de los ejidatarios tienen menos de diez hectáreas y de éstos, dos terceras partes cuentan con menos de cinco hectáreas. Esta condición deriva tanto de la migración como de la pobreza, en la medida en que la producción no alcanza para cubrir los requerimientos nutricionales de sus propietarios.
  1. Migración interna y externa. Se calcula que casi 3 millones de personas realizan periplos migratorios del sur hacia el noroeste del país; de las zonas marginadas de Guerrero, Oaxaca, Puebla y Veracruz, hacia la agricultura capitalista del noroeste vinculados con la agricultura de exportación. Son los migrantes indígenas y jornaleros agrícolas que en muchas ocasiones viajan acompañados de sus familias. Cerca de tres millones de personas migran anualmente, casi la población de un país centroamericano.
  1. Titulares de derechos en edad avanzada. Cerca de la mitad de los ejidatarios superan los 50 años, y alrededor de 20% tiene más de 65 años. Esta condición define situaciones de migración o bien constituye un obstáculo para procesos de cambios e innovaciones tecnológicas y aún de asociaciones productivas y mercantiles que pudiesen poner en riesgo la posesión de la propiedad.
  1. Deterioro de las grandes organizaciones representativas. La mayoría de las organizaciones de la sociedad rural han padecido los cambios en su relación con el gobierno. Sometidas a un proceso de apertura externa y de retiro de muchas instituciones del gobierno, así como de reducción o desaparición de instrumentos tan importantes como el crédito, la inversión y los precios de garantía, las organizaciones campesinas no han podido definir estrategias organizativas, productivas y competitivas para enfrentar las nuevas realidades económicas políticas y sociales del campo.
  1. Feminización. Producto de la migración de los varones, las mujeres adquieren mayor importancia dentro de la sociedad rural. Según datos del sector agrario, en 1970 existían 31,459 ejidatarias y para 1999 eran 140 mil, en casi 30 años se registra un incremento de 580%.10 De seguir la tendencia, para los primeros años del siglo XXI habría poco más de medio millón.
  1. Los sin tierras. Existe una proporción significativa de población joven sin acceso a la tierra, cuyas posibilidades de obtenerla están prácticamente canceladas. Para finales de siglo XX, la presión por la tierra puede convertirse en una dato fundamental de la sociedad rural. En las 175 mil localidades menores a los 2,500 habitantes viven 25 millones de personas, de las cuales 13 millones tiene menos de 25 años.
  1. Los mercados de tierra. Contra todo pronóstico, la venta de tierra no ha sido el rasgo primordial de los resultados de la reforma constitucional de 1992, sólo un 5% de los ejidatarios la han realizado, y de éstos 3% fueron ventas totales. No obstante, la venta de tierras se encuentra de un rango amplio si se considera en el ámbito estatal. En cuatro entidades no se había registrado ninguna venta y en otras siete entre 10 y 16% de los ejidatarios había vendido parte o todas sus tierras. Lo que continua predominando son los tradicionales tratos agrarios de préstamo, renta y aparcería.

Cabe hacer notar que si bien la privatización de la propiedad ha sido un fenómeno restringido y marginal, que la inversión privada al campo no ha fluido en los niveles que se esperaba -no obstante la seguridad en la tenencia de la tierra- y que tampoco se ha avanzado mucho en la constitución de empresas campesinas y de sociedades mercantiles propietarias de tierra, es un hecho que la apertura externa y la globalización cultural han modificado valores y bases comunitarias de la sociedad rural mexicana. La familia y la comunidad rural han registrado cambios -en sus principios y valores- debido a los procesos de fragmentación y desarraigo por efectos de la migración, transformaciones que han modificado la forma tradicional de concebir la vida rural, incluso la formación y educación de sus miembros. Así, la migración masiva dentro y fuera del país de los progenitores masculinos y de personas jóvenes, tanto hombres como mujeres, ha dividido los hogares y ligado la vida económica y cultural a los flujos de recursos de mercancías de los migrantes.

La pobreza rural es resultado del desarrollo desigual que se ha dado en el campo mexicano, pero al mismo tiempo constituye una severa restricción para las posibilidades de expansión de la producción. Agotado el crecimiento extensivo de la producción agrícola y con la necesidad de competir con los productores del extranjero, el único camino viable para la agricultura mexicana es el que pasa por constantes aumentos en la productividad, mediante el uso intensivo de tecnología y decisiones de producción debidamente asesorada por especialistas en la materia. Para conjugar estos factores se necesita una política gubernamental que pase no sólo por los subsidios, sino por la capacitación de los productores y que además se ocupe de crear los mínimos de bienestar indispensables entre la población campesina que permitan soportar la transformación del campo y erradicar la pobreza extrema.


9 Programa de Educación, Salud y Alimentación (PROGRESA), Diario Oficial de la Federación, 1997.
10 Bonfil Sánchez Paloma. "Las Familias Rurales ante las Transformaciones Socioeconómicas recientes"; Estudios Agrarios Revista de la Procuraduría Agraria, Numero 2 enero marzo de 1996.